PERRERÍAS
Felipe Pérez y González.
Una tarde se encontraron,
llevando contrario rumbo,
un gozquecillo faldero
y un perrazo vagabundo.
Desorientado y perdido
buscaba á su dueña el uno,
yendo de un lado á otro lado,
ya jadeante y convulso;
El otro, hambriento, buscaba,
yendo de un punto á otro punto,
basuras donde hallar huesos
ó piltrafas ó mendrugos.
El uno, era chico y débil,
el otro, grande y forzudo;
Aquél, limpio y perfumado,
éste, desgreñado y sucio.
Llamábase el chico Tony,
llamábase el grande Chucho,
porque era inglés el primero
y era español el segundo.
Sobre el lomo del perrillo
la dueña amorosa puso
una manta con su cifra
y su corona y su escudo.
Sobre el del otro asomaban,
en larga línea de puntos,
los huesos del espinazo
como dientes de un serrucho.
Al hallarse frente á frente
los dos perros, casi juntos,
entrambos se detuvieron
por un natural impulso.
Dió el grande un gruñido sordo,
dió el chico un ladrido agudo,
y recelosos, mirándose,
estuvieron un minuto.
Por fin, Chucho adelantóse,
y sin andar con repulgos,
quiso saludar al otro,
según entre ellos es uso.
Pero Tony, que sentía
desdén, repugnancia y susto,
metió el rabo entre las piernas
para esquivar el saludo.
Y el grande estirando el cuello,
y el pequeño huyendo el bulto,
dieron tres ó cuatro vueltas,
formando gracioso grupo.
-No presumas, aristócrata-
dijo parándose Chucho,
y enseñando unos colmillos
blancos, enormes y agudos.
-No presumas, que si estamos
yo derrotado, y tú pulcro;
yo hambriento, y tú satisfecho;
tú vestido, y yo desnudo.
Si vives tú en un palacio,
y yo no tengo refugio;
si hallas tú mimos y halagos
y yo hallo golpes é insultos;
Si tú duermes en cojines,
con comodidad y lujo,
y yo sobre el duro suelo
para dormir me acurruco.
No es porque yo valga poco
ni porque tú valgas mucho,
es porque así han sido siempre
las injusticias del mundo.
Más no pienses que te envidio
ni que por despecho gruño,
ni pienses que cambiaría
yo mi estado por el tuyo.
¿Eres útil? Para nada.
¿Haces algún bien? Ninguno.
¿Nada ambicionas? Lo niego.
¿Eres dichoso? Lo dudo.
Tú eres esclavo y yo libre,
tú has de sufrir los absurdos
caprichos de tu señora,
y yo soy mi señor único.
Tu ladrido causa risa,
mi ladrido causa susto,
yo, enfadado, soy terrible;
tú, incomodado, eres bufo.
Tú eres chiquitín y enteco,
yo soy grande y soy robusto;
tú eres fino, pero inútil,
yo soy útil, aunque brusco.
En una palabra, somos,
para fijar bien los puntos:
tú, el cortesano canino;
yo, el trabajador perruno.
En la ciudad y en el campo
son mis servicios seguros,
ahuyento lobos y zorras,
y á los ladrones asusto.
Por cumplir con mi deber
golpes y molestias sufro,
y con riesgo de mi vida
he salvado la de muchos.
¡Por qué se apartan de mí
cuando yo trabajo busco?
¿Por qué me ponen cadenas
si logro servir á alguno?
¿Por qué nadie me acaricia?
¿Por qué á todos les repugno?
¿Por qué tan sólo por miedo
me arrojan algún mendrugo?
¿Por qué si me acerco á un niño,
si no hice mal á ninguno,
se asustan y me amenazan,
y dicen: ¡Arre allá, Chucho!
¿Por qué, en cambio, á ti te buscan
y te cogen sin escrúpulos
y te dan leche y bizcochos
y hasta besos... ¡que es lo último?
Tony, que estaba asombrado,
escuchando aquel discurso,
levantóse dignamente
no bien el otro hizo punto.
Y le contestó: -¡Insensato!
Si ahora aquí se acerca alguno,
y tú, por fiero, le espantas
y yo, por manso, le gusto;
Si tú le enseñas los dientes
y eres repugnante y rudo,
y yo le lamo las manos
y soy cariñoso y pulcro,
¿Qué extraño es que me acaricie,
aunque mi servicio es nulo?
¿Qué extraño es que te rechace,
aunque le sirvas de mucho?
Calló Tony. Confundido
bajó la cabeza Chucho,
y se alejó repitiendo
con sentimiento profundo:
-Dice bien: lamer las manos
ha sido y será recurso,
mejor que enseñar los dientes,
para medrar en el mundo.
Publicado en 'Blanco y Negro', el 6 de diciembre de 1891.
Comentarios
Publicar un comentario