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Mostrando entradas de noviembre, 2021

Miguelito, de Eduardo de Palacio.

 MIGUELITO   Andaba la muerte buscando á los viejos, no sé si por gusto ó si era por celos. Vivía en Carmona el tío Juan Moreno, Cañí con más años que el río del pueblo. Saber que la muerte venía por ellos;  salir Juan á escape buscando al barbero; quitarse patillas, lunares y pelos; vestirse de niño con falda y sombrero y unos calcetines en piernas ó en huesos, fué todo uno mismo. Estaba tan feo, que chicos y grandes, tomándole el pelo, decíanle: "Toma, ven aquí, salero, toma y vete y merca unos caramelos." Llegó el fiero trance y varios murieron,  y el tío Juan de momio vivía contento. Pero hizo la suerte que un día en paseo con ella topase el pobre flamenco . -¿Y cómo te llamas?- le dijo riendo y á un tiempo tocando la cara al polluelo . -Yo soy Miguelito. -¡Qué niño tan bello! Y di, ¿Qué edad tienes? -Seis años y medio.  -¡Canalla! ¡Farsante! ¡Bribón! ¡Estafermo!- Repuso la muerte faltando al respeto.- Pues estas patillas que arañan los dedos, y tantas arrug...

Una idea salvadora, de Julio Romero Garmendia.

 UNA IDEA SALVADORA   Era de noche, y sin embargo el trueno rugía con furor allá en la inmensa llanura de alta mar, donde ocurría la que á contaros voy feroz tragedia, el viento, los relámpagos y el agua, de modo que el pensarlo sólo aterra, cruzaban el espacio y horrorosa hacían é imponente la tormenta. ¡Y encontrarme, Dios mío, la tal noche, en que todo era horror, furia y tinieblas, metido en un bajel, con mis tres hijos, mi mujer, dos cuñadas y mi suegra! ¡Qué modo de rugir tenía el trueno! ¡Qué modo de silbar entre las vergas el viento! ¡Qué llover! El mar bramaba y las olas barrían la cubierta.   Ante el peligro, el capitán del buque, infundiendo valor con su presencia, volaba á todas partes, prodigando esperanza y consuelo; mas tal era  el pánico y terror, que ya imposible se hacía el consolarnos con promesas, mirando cada cual, de espanto lleno, bajo sus mismos pies la tumba abierta.   De pronto el capitán, desesperado viendo hundirse el vapor, gritó co...

La Fiesta de San Roque, de Julio Romero Garmendia.

 LA FIESTA DE SAN ROQUE   Pues señor... la cosa fué que en cierto lugar de España de cuyo nombre no quiero acordarme (ni hace falta), reuniéronse los vecinos para acordar el programa de las fiestas que en honor de San Roque proyectaban. Pública y solemnemente querían darle las gracias por haberles, con su influjo, librado de cierta plaga que, haciendo estragos horribles,  diezmó en un mes la comarca. Era cosa, pues, de echar la casa por la ventana; así es que, además de música, fuegos, bailes y cucañas, en celebrar convinieron de iglesia una función magna. Fray Lucas fué el encargado de echar el sermón de gracias,  pues les gustó mucho en otro que años atrás pronunciara. ¡Como que era, en el país, el orador de más fama! Sin embargo, aunque no muchos, algunos le criticaban por ocuparse muy poco de los santos en sus pláticas. Y en efecto, pareciéndole  más conveniente y más sana la crítica de los vicios que en el país dominaban, pocas veces á los santos dedicaba u...

El vals de Dinorah, de Manuel Paso.

 EL VALS DE DINORAH   I.   El temor misterioso que produce en el alma lo ignorado, robaba de Mercedes el reposo, y latía exaltado el albo seno, que tremaba ansioso por llegar al momento deseado. La doncella sentía ese temor que llega traicionero a las mismas fronteras de la muerte. ¡No lo sintió tan fuerte,  en Austerlitz, Napoleón primero! .......................................................... .......................................................... Su espléndida figura, como temprana flor, se estremecía: ceñida de nevada vestidura, más que encubrir, el traje parecía que señalaba á intento los hechizos, y en la espalda escotada caía destrozada la cascada de sombras de sus rizos. Entre todas Mercedes la más bella,  hizo latir de amor los corazones. Y era, en verdad, la rutilante estrella de que hablaba el cronista de salones. Como César venció: los invitados su belleza aclamaron y su gloria, y por la nueva estrella deslumbrados,  escuchó esos elogios ...

El cocido, de José Fernández Bremón

 EL COCIDO (AL SEÑOR DON ÁNGEL MURO) José Fernández Bremón   Con medio kilo de vaca y diez céntimos de hueso, un cuarterón de tocino, un  buen chorizo extremeño, y garbanzos arrugados que ensanchan en el puchero, sale en mi casa un cocido que nos chupamos los dedos. Cuando llega la matanza,  se compra hocico de puerco, y echo un cuarto de gallina si hay en casa algún enfermo. Solemos tomar de sopa arroz, sémola ó fideos; Si es de pan, con hierbabuena; los macarrones, con queso. Nunca, en su tiempo, perdono los nabos foncarraleros, las judías de La Granja y los cardillos más tiernos. Mi ensalada es de escarola, de lechuga ó de pimientos; el gazpacho muy sencillo, con poco pan y muy fresco. Mis postres no son de lujo: Torrijas, miel, higos secos, Albillo dulce en otoño y uvas de cuelga en invierno. Con cebolletas y rábanos mi mesa á veces refuerzo, y aceitunas de Pastrana que yo mismo me aderezo. En fin, me gustan, y acabo,  el pan blanco y recién hecho, mantel li...

¡Así son muchos!, de Julio Romero Garmendia

 ¡ASÍ SON MUCHOS! Julio Romero Garmendia   -Conque á ver si sigues siempre los consejos de tu tío; sé con el débil humilde, sé con el fuerte atrevido, sé con los hombres valiente y con las mujeres fino.   No adules jamás á nadie, que la adulación es vicio propio de seres menguados, cobardes, viles é indignos.   Aunque altanero te muestres con los grandes y los ricos... ¡No importa!... mas con los pobres sé humilde y caritativo.   Trata siempre á los criados con dulzura y con cariño, y si alguna vez te faltan dispénsales...          -¿Señorito! -¡Señor... diablo! ¿Qué te ocurre? -Que están ahí...          -¿No te he dicho Doscientas cincuenta veces. So... imbécil, que hoy no recibo? -Como son la pobre viuda del otro día y sus niños... -Pues diles que ya estoy harto de sus lloros y gemidos. y que los mantenga el Nuncio... -Además está el ministro... -¡El ministro! ¿Y ahora esperas cacho de atún, á decírmelo?... Vam...

El globito azul, de Juan Antonio Cavestany

 EL GLOBITO AZUL Juan Antonio Cavestany.   I.   Miraba un niño asombrado, con expresión cariñosa, un globo, de azul pintado, por un hilo sujetado a su mano cuidadosa.   El globo, con lento vuelo, en el aire se mecía, y el hermano pequeñuelo con infantil alegría por verlo miraba al cielo.   A pesar de su viveza y su alegre desaliño,  cierto sello de tristeza marchitaba la pureza de la sonrisa del niño.   ¡Ay! que cuando preguntaba por su madre, con amor, "¡Está en el cielo!" escuchaba, y en el cielo la buscaba con inocente candor. II.   Miraba el globo tranquilo el niño, con dulce arroba, cuando, rompiéndose el hilo, remontóse al cielo el globo, cual si en él buscase asilo   No produjo al tierno infante pena, llanto ni agonía ver que el globo se perdía; antes bien, en su semblante se retrató la alegría.   Y se dijo por consuelo siguiendo su raudo vuelo: -¡Oh, qué de prisa que va! Mejor; cuando llegue al cielo,  mi madre lo cogerá. Pu...

Los placeres del campo, de Manuel del Palacio

 LOS PLACERES DEL CAMPO Manuel del Palacio.   Basta de expediciones en pollino y manejar el remo á lo forzado; basta de merendonas en el prado, y venga el coche y la sopita en vino.   Si plugo alguna vez á mi destino inspirarme afición al despoblado, me cansan ya la choza y el ganado, y el césped y el arroyo cristalino.    La nave de mi afán viró de bordo, y hoy con tristeza mis penates dejo á memorias de ayer haciendo el sordo. Pues me dicen la sangre y el espejo, que para los idilios estoy gordo, y para las zagalas estoy viejo. Galicia, 1891 Publicado en Blanco y Negro, el 11 de octubre de 1891.

¡Lo que son las cosas!, de Juan Pérez Zúñiga

 ¡LO QUE SON LAS COSAS! Juan Pérez Zúñiga (DIÁLOGOS ÍNTIMOS) I.   -¿No has notado, mamá mía,  que las de Antón Perulero han pasado el año entero sin venir á casa un día? ¡Y eso que mostraron gana de ver la cifra en latín que le bordé á mi Chuchín en su abriguito de lana! Desde que en Madrid no brillo, las necias me han olvidado. -¿Quién sabe si habrán estado otra vez con el moquillo? ¿Las hemos faltado?          -En nada. -Pues no hagas caso.          -Corriente; Pero me carga esa gente tan grosera y descastada. -Niña, quítate el sombrero, que aun no podemos salir, porque acaban de venir... -¿Quién?          -Las de Antón Perulero. -¿Sí? Pues maldita la gana que tengo de su visita. -¡Lo contrario, Margarita, decías esta mañana! -¿Por qué no habremos salido? ¡Miren que venir ahora... Me fastidia y me encocora  gente así, tan... de cumplido. ¿Á qué han de venir aquí si no las necesitamos? -¿Pero...

(Ayer, al encontrarnos), de Ramón Jiménez Lamar

 (AYER, AL ENCONTRARNOS) Ramón Jiménez Lamar   Ayer, al encontrarnos, de mis ojos una lágrima ardiente resbaló, y ufana sonreiste, imaginando que aún vive en mi el amor. ¡Te engañaste, mujer! aquella lágrima, la última quizás del corazón, era el  beso de muerte que en su fondo el desengaño cruel depositó; era el "ay" dolorido con que el alma a su esperanza daba un triste adiós; no se llora jamás lo que aún existe,    ¡Sino lo que murió! Publicado en 'Blanco y Negro', el 9 de agosto de 1891.

Blas, peluquero, de Juan Pérez Zúñiga

 BLAS, PELUQUERO Juan Pérez Zúñiga I.  Pensando Blas Bustamante qué negocio emprendería, puso una peluquería por todo extremo elegante. Diez expertos ciudadanos que en su oficio eran modelo, hacían la barba al pelo á todos los parroquianos. Pero el que no pelechó fué el incipiente industrial; y cuando ya iba muy mal el negocio que emprendió, una idea extravagante vino á cruzar de repente por el centro de la mente del señor de Bustamante. Enseñó en muy pocos días á ejercer de peluqueras  á diez chicas hechiceras que encontró en las cercanías. Las dió trajes de muchachos, y con los mejores modos dejó cesantes á todos los diez oficiales machos. II.   Gustó tanto al sexo feo tan extraña innovación,  que ya sin interrupción la casa fué un jubileo. Y con su charla oportuna, alegres y vivarachas, aquellas lindas muchachas dieron á Blas la fortuna, pues más de un sujeto había que, sólo por recrearse con ellas, iba á afeitarse cuatro ó seis veces al día. ¡Qué de picante...

El instinto, de Francisco Flores García

 EL INSTINTO Francisco Flores García   En un corro de chicos, en el Prado, con asombro de madres y niñeras,  surgieron tan atroces peloteras , que uno del orden público , alarmado, llegó á decir, salvando la distancia: "Hoy ya nos da que hacer hasta la infancia." ¿De qué hubieron nacido tan tremendas y rudas tremolinas? Según me han referido, aquellos diminutos luchadores quitábanse entre sí las golosinas, y por eso estallaban sus furores, por leyes psicológicas fatales,  su futuro destino presintiendo, ya estaban ejerciendo de personas mayores y formales. Publicado en 'Blanco y Negro', el 9 de agosto de 1891.     

Poesía inédita: Me pones en las manos la cansada..., de Pedro Antonio de Alarcón

 Poesía inédita, de Pedro Antonio de Alarcón   Me pones en las manos la cansada citara del dolor, hermosa mía... ¿Por qué, dime, de un alma quebrantada buscas la melancólica armonía?   Si pudieran volver las muertas horas en que los sueños del amor canté, yo te brindara en músicas sonoras del sentimiento la mentida fe.   Yo te embriagara de ideal ternura al compás de suavísima canción... Pero en la hiel tan sólo hay amargura, ¡y es mar de hiel mi triste corazón!   No me confundas, no, con esos seres que te fingen de amor ardiente afán... ¡Risa y llanto, y dolores y placeres, sin setirlos, tal vez te cantarán!   Yo, entre las cuerdas de mi rota lira,  sólo encuentro los ecos del dolor... ¡Si te cantara amor, fuera mentira! ¡Maldita el alma que te mienta amor! ............................................................   ¡Ay del que un día un falso juramento bebió en los labios de gentil mujer, y hoy busca en vano en la región del viento los ecos v...

Perrerías, de Felipe Pérez y González

 PERRERÍAS Felipe Pérez y González.   Una tarde se encontraron,  llevando contrario rumbo, un gozquecillo faldero y un perrazo vagabundo.   Desorientado y perdido buscaba á su dueña el uno, yendo de un lado á otro lado,  ya jadeante y convulso;   El otro, hambriento, buscaba, yendo de un punto á otro punto, basuras donde hallar huesos ó piltrafas ó mendrugos.   El uno, era chico y débil, el otro, grande y forzudo; Aquél, limpio y perfumado, éste, desgreñado y sucio.   Llamábase el chico Tony , llamábase el grande Chucho , porque era inglés el primero y era español el segundo.   Sobre el lomo del perrillo la dueña amorosa puso una manta con su cifra y su corona y su escudo.   Sobre el del otro asomaban, en larga línea de puntos, los huesos del espinazo como dientes de un serrucho.   Al hallarse frente á frente los dos perros, casi juntos,  entrambos se detuvieron por un natural impulso.   Dió el grande un gruñido sordo, dió...

Dolora, de Ramón Campoamor

 DOLORA Ramón Campoamor   Al regresar del otero,  lleno de gozo y cariño les dió á una niña y un niño dos pájaros un cabrero.   Dándole un beso primero, la niña el suyo soltó; al pájaro que quedó no se le pudo soltar, porque el niño por jugar, el cuello le retorció. Publicado en 'Blanco y Negro', el 6 de diciembre de 1891.

Juguetes, de Celso Lucio

 JUGUETES Celso Lucio   Me han dicho, Carmencita, que no te quiera porque eres en amores muy caprichosa.  Y que si tienes fama por lo hechicera, la tienes aún más grande  por veleidosa.   Me han dicho que te cansas ó que te hastías, que tu palabra nunca se compromete y que cambias de amores cada ocho días, pues á los hombres tomas como un juguete.   Y en prueba de lo dicho me han afirmado que has amado en dos meses a un comandante,  a un pintor, á un marino y á un empleado, y después á un poeta y á un comerciante.   Dices que unos por sosos te dan hastío. Que te crispan los nervios los vehementes, que no te causan otros calor ni frío, y en fin, que te son todos indiferentes.   Pues bien, los que trataron de disuadirme contándome las cosas que te he citado, no hicieron otra cosa  que seducirme retratándome el tipo que yo he soñado.   ¿Una mujer veleta? ¡Precisamente! ¿Voluble y caprichosa? ¡Si ese es mi encanto! Me carga una chiquill...

Reminiscencias, de Teodoro Guerrero

 REMINISCENCIAS  Teodoro Guerrero.   I .   No me quieras; tu amor es vida y muerte,  es luchar con la tierra y con el cielo; son tus labios las puertas de la gloria, y tus ojos las puertas del infierno. II.   Si eres mía, sólo mía, y si es verdad que me adoras, no bailes con otros hombres: ¿No deja la mariposa el polvillo de sus alas en los dedos que la tocan? III.   Cuando tus amantes mueren y van al cielo á llamar, San Pedro no abre la puerta, pues dice que todos van maldiciendo, y con el alma entregada á Satanás. IV.   ¿Te burlas de mi amor porque soy viejo? ¿Mi fuego dices que apagado está? El templo se derrumba con los años,  mas la imagen se queda en el altar. V.   Eres vil como la hiedra que al pie del tronco se enlaza: Subes, lo estrechas, te enroscas, y entre tus brazos le matas. VI.   Hiciste escarnio de un amor inmenso;  Te di mi corazón, el alma, todo, y me engañaste infiel; esas mentiras que con falso pudor prodiga...

Fábula, de Mariano Ruiz de Arana

 FÁBULA Mariano Ruiz de Arana   En carbón cierto blanco traficaba, y el sustento ganaba transportando su negra mercancía un día y otro día; Y en casa de un yesero, establecido frente al carbonero, un negro de Guinea con la cara muy fea el yeso transportaba, y también el sustento así lograba. Andando el tiempo, es claro, sucedía que el color de los dos desmerecía; Pues el negro yesero se aclaraba, y el blanco carbonero obscurecía.   Si los dos traficantes se encontraban en medio de un camino, decían arrugando sus semblantes: "Ese color que ostenta mi vecino lo he tenido yo antes; Aquel color de manos y de cara era en mí la verdad desnuda y clara." Y los dos se alejaban pensativos, llorando sus colores primitivos.   Entretanto la gente, que no se fija más que en lo aparente, perjuraba que el blanco era el yesero y el negro el carbonero, sin fijarse en las vetas que tenían por las cuales los dos se descubrían. El error uno y otro celebraron, y al fin, para evitar suplan...

Luceritos, de José Campo Moreno

 LUCERITOS José Campo Moreno - Di, mamá, ¿dónde está mi hermanito,                Que ya no le veo? - Se murió el pobrecillo, mi vida.               - ¡Morir!... ¿Y qué es eso? - Pues morir es marcharse del mundo               Muy lejos... muy lejos... Y allá arriba, entre nubes, estrellas               Y lindos luceros,  Disfrutar otra vida más dulce,                Sin penas ni duelos. - ¡Ay mamá! ¡Quiero ver á mi hermano;                Mamá, quiero verlo!... - Mira, ¿ves una estrella chiquita               Que luce en el cielo? Pues aquel, hijo mío, es tu hermano.               - ¿Y todos aquellos Que hay con él?       ...

El entierro del baturro, de Agustín de Perales

 EL ENTIERRO DEL BATURRO  (CUENTO ARAGONÉS) Agustín de Perales   Murió un señor poderoso, Y en seguida sus parientes Dispusieron diligentes Un entierro suntuoso. Mandaron muchos criados; Una carroza, tirada Por seis caballos, cuajada De molduras y dorados, Sobre la caja tendidas, Treinta ó cuarenta coronas; Delante, muchas personas Van con hachas encendidas, Y detrás, muchos carruajes, En larga fila formados, Donde van los invitados Vistiendo negros ropajes. Lo rico de la carroza, Tanta luz, tanto blasón, Logró llamar la atención Popular en Zaragoza. Dos baturros que allí estaban Viendo el fúnebre cortejo, Con arrugado entrecejo Asombrados se miraban. De repente exclamó el uno: - ¡Ya tendrá dinero el tío! ¡Qué entierro, apuesto que el mío No será como éste, Bruno! - ¡Válgame la Pilarica! ¡Otra, ya se ve que no! Tú tendrás de il , como yo, Drento de una carretica. Quedó el primero mirando A su amigo y dijo: ¡ Sos !... ¡ Carretica ! ¡ Otra qué Dios ! ¡¡ Como no vayas andand...

Cantares amorosos, de Ramón Campoamor

 CANTARES AMOROSOS Ramón Campoamor   La amo tanto, á mi pesar, Que aunque yo vuelva á nacer,  La he de volver á querer Aunque me vuelva á matar.   Desde que perdí el encanto De mi primera pasión, No he entrado en mi corazón Por no morirme de espanto.   No esperes que una mudanza Me dé la tranquilidad, Que amo en ti más la esperanza, Que en otras la realidad.   Cuantos te han tratado y tratan, En tu amor aprender suelen, Todos, las penas que duelen; Yo, los dolores que matan.   Aunque esté muerto de cierto, En nombre suyo llamadme; Si no respondo, enterradme, Porque de cierto estoy muerto.   Me causas tanto pesar, Que he llegado á presumir Que mucho me debe amar Quien tanto me hace sufrir.   Todos pagan la traición Con el odio y el puñal;  Yo te pagué el mismo mal Con el amor y el perdón. Publicado en 'Blanco y Negro', el 7 de junio de 1891.

¡Música! ¡Música!, de Rafael García y Santiesteban

 ¡MÚISCA! ¡MÚSICA! Rafael García y Santiesteban Todo es música en el mundo, Celestial más de una vez,  Y hay muchos que cantan óperas De Bellini ó Meyerbeer.   ¿Ve usted una joven que habita En la calle de Bailén, En un cuarto suntuoso Y no paga el alquiler?   Pues  con todo su descaro, Tanto lujo y tanto tren, Canta siempre La Traviata , Que es su ópera de cartel.   Ministro que economiza Y con ardiente interés Quita la cordilla al gato Y aumenta al primo el haber,   Y habla siempre de sus méritos Y acrisolada honradez,  Quiere cantar Puritanos , Pero no le sale bien.   Vejete que aunque verdea No puede tenerse en pie, Y persigue á las muchachas Tosiendo á todo toser.    Y hay quien le dice: "Abuelito, ¿Cuándo se vacuna usté?", Pues canta el Fausto en falsete, Que da gallos á granel.   Yerno feliz de ministro, Que en su constante avidez Quiere que su amada patria Turrón y turrón le dé,   Y hay sueldos y comisiones Y lluev...

Canto de mayo, de Manuel Reina

 CANTO DE MAYO Manuel Reina   Era en Mayo, ese mes de las caricias, Lleno de rosas, céfiros y cantos; Mes radiante y feliz en que llamean Las almas y los cielos inflamados.   Bajo los frescos pámpanos, que fingen Luciente quitasol de verde raso,  Rechiné mi cabeza de poeta Sobre tu níveo seno cincelado.   "Duerme, mi bien", rendida me dijiste; Y tus sedosas trenzas desatando, Sobre mi faz tejiste un velo de oro Con tus rubios cabellos perfumados.   Y me dormí. Y en sueños yo sentía Como las alas húmedas de un pájaro, Que rápidas volando en torno mío,  Rozaran leves mis amantes labios.   Era tu boca, tu adorada boca, Rico panal de miel, flor de granado,  Que me besaba, sin tocarme apenas,  Para no interrumpir mi sueño plácido.   ¡Bendito Mayo, mes de las caricias, Lleno de rosas, céfiros y cantos; Mes radiante y feliz en que llamean Las almas y los cielos inflamados! Publicado en 'Blanco y Negro', el 31 de mayo de 1891

Epigrama, de Manuel del Palacio

EPIGRAMA Manuel del Palacio   Para probarme que vive Sólo por mi amor Lucía,  En las cartas que me envía Hamar con h me escribe. Y cuando intento oportuno Hacer que que enmiende su error,  Me responde que su hamor No se parece á ninguno. Publicado en 'Blanco y Negro' el 14 de junio de 1891

Mensajes, de Blanca de los Ríos

 MENSAJES Blanca de los Ríos   ¿Quieres que cese nuestra muda ausencia?... ¡Hagamos de la luz nuestras palabras! Hagamos un diálogo del día;               De la noche una carta.   - ¡Salud! -dirá la aurora que se enciende. - ¡Adiós! -dirá la tarde que se apaga. Yo en cada estrella escribiré RECUERDO:               Lee tú ESPERANZA.   Mezclemos la oración con el crepúsculo; Con la aurora los besos y las lágrimas, ¡Y así, con el idioma de los astros,               Se hablarán nuestras almas! Publicado en 'Blanco y Negro' el 14 de junio de 1891.

Dos rosas, de Eduardo Sánchez de Castilla

DOS ROSAS  Eduardo Sánchez de Castilla.   Una que nace del amor divino; Otra que nace del amor humano;  Pero la misma esencia las anima;  Á un tiempo el mismo Autor las ha creado. Idéntico destino las aguarda: Los que más hoy celebran sus encantos,  Al mirarlas marchitas Se alejarán mañana de su lado.  Publicado en 'Blanco y Negro' el 17 de mayo de 1891.

En un abanico, de Ricardo Sepúlveda

EN UN ABANICO Ricardo Sepúlveda   Vamos á separarnos;  Juntos están tu corazón y el mío;   Mas quiero que en la ausencia Sea el lazo de unión este abanico.   Si al agitar el aire  Llegan vagos rumores á tu oído,   Será que yo te llamo Y toda el alma con mi amor te envío.   Y si el aire que agites Hace en tu labio imperceptible ruido,   Será que cariñosos Se acercan á besarte mis suspiros. Publicado en 'Blanco y Negro' el 17 de mayo de 1891