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Entradas

Miguelito, de Eduardo de Palacio.

 MIGUELITO   Andaba la muerte buscando á los viejos, no sé si por gusto ó si era por celos. Vivía en Carmona el tío Juan Moreno, Cañí con más años que el río del pueblo. Saber que la muerte venía por ellos;  salir Juan á escape buscando al barbero; quitarse patillas, lunares y pelos; vestirse de niño con falda y sombrero y unos calcetines en piernas ó en huesos, fué todo uno mismo. Estaba tan feo, que chicos y grandes, tomándole el pelo, decíanle: "Toma, ven aquí, salero, toma y vete y merca unos caramelos." Llegó el fiero trance y varios murieron,  y el tío Juan de momio vivía contento. Pero hizo la suerte que un día en paseo con ella topase el pobre flamenco . -¿Y cómo te llamas?- le dijo riendo y á un tiempo tocando la cara al polluelo . -Yo soy Miguelito. -¡Qué niño tan bello! Y di, ¿Qué edad tienes? -Seis años y medio.  -¡Canalla! ¡Farsante! ¡Bribón! ¡Estafermo!- Repuso la muerte faltando al respeto.- Pues estas patillas que arañan los dedos, y tantas arrug...
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Una idea salvadora, de Julio Romero Garmendia.

 UNA IDEA SALVADORA   Era de noche, y sin embargo el trueno rugía con furor allá en la inmensa llanura de alta mar, donde ocurría la que á contaros voy feroz tragedia, el viento, los relámpagos y el agua, de modo que el pensarlo sólo aterra, cruzaban el espacio y horrorosa hacían é imponente la tormenta. ¡Y encontrarme, Dios mío, la tal noche, en que todo era horror, furia y tinieblas, metido en un bajel, con mis tres hijos, mi mujer, dos cuñadas y mi suegra! ¡Qué modo de rugir tenía el trueno! ¡Qué modo de silbar entre las vergas el viento! ¡Qué llover! El mar bramaba y las olas barrían la cubierta.   Ante el peligro, el capitán del buque, infundiendo valor con su presencia, volaba á todas partes, prodigando esperanza y consuelo; mas tal era  el pánico y terror, que ya imposible se hacía el consolarnos con promesas, mirando cada cual, de espanto lleno, bajo sus mismos pies la tumba abierta.   De pronto el capitán, desesperado viendo hundirse el vapor, gritó co...

La Fiesta de San Roque, de Julio Romero Garmendia.

 LA FIESTA DE SAN ROQUE   Pues señor... la cosa fué que en cierto lugar de España de cuyo nombre no quiero acordarme (ni hace falta), reuniéronse los vecinos para acordar el programa de las fiestas que en honor de San Roque proyectaban. Pública y solemnemente querían darle las gracias por haberles, con su influjo, librado de cierta plaga que, haciendo estragos horribles,  diezmó en un mes la comarca. Era cosa, pues, de echar la casa por la ventana; así es que, además de música, fuegos, bailes y cucañas, en celebrar convinieron de iglesia una función magna. Fray Lucas fué el encargado de echar el sermón de gracias,  pues les gustó mucho en otro que años atrás pronunciara. ¡Como que era, en el país, el orador de más fama! Sin embargo, aunque no muchos, algunos le criticaban por ocuparse muy poco de los santos en sus pláticas. Y en efecto, pareciéndole  más conveniente y más sana la crítica de los vicios que en el país dominaban, pocas veces á los santos dedicaba u...

El vals de Dinorah, de Manuel Paso.

 EL VALS DE DINORAH   I.   El temor misterioso que produce en el alma lo ignorado, robaba de Mercedes el reposo, y latía exaltado el albo seno, que tremaba ansioso por llegar al momento deseado. La doncella sentía ese temor que llega traicionero a las mismas fronteras de la muerte. ¡No lo sintió tan fuerte,  en Austerlitz, Napoleón primero! .......................................................... .......................................................... Su espléndida figura, como temprana flor, se estremecía: ceñida de nevada vestidura, más que encubrir, el traje parecía que señalaba á intento los hechizos, y en la espalda escotada caía destrozada la cascada de sombras de sus rizos. Entre todas Mercedes la más bella,  hizo latir de amor los corazones. Y era, en verdad, la rutilante estrella de que hablaba el cronista de salones. Como César venció: los invitados su belleza aclamaron y su gloria, y por la nueva estrella deslumbrados,  escuchó esos elogios ...

El cocido, de José Fernández Bremón

 EL COCIDO (AL SEÑOR DON ÁNGEL MURO) José Fernández Bremón   Con medio kilo de vaca y diez céntimos de hueso, un cuarterón de tocino, un  buen chorizo extremeño, y garbanzos arrugados que ensanchan en el puchero, sale en mi casa un cocido que nos chupamos los dedos. Cuando llega la matanza,  se compra hocico de puerco, y echo un cuarto de gallina si hay en casa algún enfermo. Solemos tomar de sopa arroz, sémola ó fideos; Si es de pan, con hierbabuena; los macarrones, con queso. Nunca, en su tiempo, perdono los nabos foncarraleros, las judías de La Granja y los cardillos más tiernos. Mi ensalada es de escarola, de lechuga ó de pimientos; el gazpacho muy sencillo, con poco pan y muy fresco. Mis postres no son de lujo: Torrijas, miel, higos secos, Albillo dulce en otoño y uvas de cuelga en invierno. Con cebolletas y rábanos mi mesa á veces refuerzo, y aceitunas de Pastrana que yo mismo me aderezo. En fin, me gustan, y acabo,  el pan blanco y recién hecho, mantel li...

¡Así son muchos!, de Julio Romero Garmendia

 ¡ASÍ SON MUCHOS! Julio Romero Garmendia   -Conque á ver si sigues siempre los consejos de tu tío; sé con el débil humilde, sé con el fuerte atrevido, sé con los hombres valiente y con las mujeres fino.   No adules jamás á nadie, que la adulación es vicio propio de seres menguados, cobardes, viles é indignos.   Aunque altanero te muestres con los grandes y los ricos... ¡No importa!... mas con los pobres sé humilde y caritativo.   Trata siempre á los criados con dulzura y con cariño, y si alguna vez te faltan dispénsales...          -¿Señorito! -¡Señor... diablo! ¿Qué te ocurre? -Que están ahí...          -¿No te he dicho Doscientas cincuenta veces. So... imbécil, que hoy no recibo? -Como son la pobre viuda del otro día y sus niños... -Pues diles que ya estoy harto de sus lloros y gemidos. y que los mantenga el Nuncio... -Además está el ministro... -¡El ministro! ¿Y ahora esperas cacho de atún, á decírmelo?... Vam...

El globito azul, de Juan Antonio Cavestany

 EL GLOBITO AZUL Juan Antonio Cavestany.   I.   Miraba un niño asombrado, con expresión cariñosa, un globo, de azul pintado, por un hilo sujetado a su mano cuidadosa.   El globo, con lento vuelo, en el aire se mecía, y el hermano pequeñuelo con infantil alegría por verlo miraba al cielo.   A pesar de su viveza y su alegre desaliño,  cierto sello de tristeza marchitaba la pureza de la sonrisa del niño.   ¡Ay! que cuando preguntaba por su madre, con amor, "¡Está en el cielo!" escuchaba, y en el cielo la buscaba con inocente candor. II.   Miraba el globo tranquilo el niño, con dulce arroba, cuando, rompiéndose el hilo, remontóse al cielo el globo, cual si en él buscase asilo   No produjo al tierno infante pena, llanto ni agonía ver que el globo se perdía; antes bien, en su semblante se retrató la alegría.   Y se dijo por consuelo siguiendo su raudo vuelo: -¡Oh, qué de prisa que va! Mejor; cuando llegue al cielo,  mi madre lo cogerá. Pu...