BLAS, PELUQUERO
Juan Pérez Zúñiga
I.
Pensando Blas Bustamante
qué negocio emprendería,
puso una peluquería
por todo extremo elegante.
Diez expertos ciudadanos
que en su oficio eran modelo,
hacían la barba al pelo
á todos los parroquianos.
Pero el que no pelechó
fué el incipiente industrial;
y cuando ya iba muy mal
el negocio que emprendió,
una idea extravagante
vino á cruzar de repente
por el centro de la mente
del señor de Bustamante.
Enseñó en muy pocos días
á ejercer de peluqueras
á diez chicas hechiceras
que encontró en las cercanías.
Las dió trajes de muchachos,
y con los mejores modos
dejó cesantes á todos
los diez oficiales machos.
II.
Gustó tanto al sexo feo
tan extraña innovación,
que ya sin interrupción
la casa fué un jubileo.
Y con su charla oportuna,
alegres y vivarachas,
aquellas lindas muchachas
dieron á Blas la fortuna,
pues más de un sujeto había
que, sólo por recrearse
con ellas, iba á afeitarse
cuatro ó seis veces al día.
¡Qué de picantes enredos
contaban al afeitar!
¡Qué modo de jabonar
al prójimo con los dedos!
¡Qué arrojo y qué valentía
en su oficio demostraban!
¡Como que descañonaban
al Cuerpo de Artillería!
Y en fin, con extremos vanos
de un amor sólo ideal,
engañaba cada cual
á nueve ó diez parroquianos,
mientras el innovador
veía su arca repleta.
¡Pero no hay dicha completa
en este mundo traidor!
Como jamás las propinas
caían en saco roto,
y Blas no ponía coto
á líos ni á tremolinas,
aunque el negocio en cuestión
le dió mucho que ganar,
al fin tuvo que tomar
una determinación,
pues crecieron las pasiones
y las torpes asechanzas,
y adquirieron las venganzas
tan tremendas proporciones,
que hasta un día salió Blas,
pagando líos ajenos,
con una oreja de menos
y dos chichones de más;
é irritado ante tal mengua,
vendió todas las navajas,
y aquellas buenas alhajas
afeitaban con la lengua;
que en punto á filo, tal vez
mejor podían cortar
que navajas de afeitar
las lenguas de aquellas diez.
Total: de noche y de día
la bronca era allí segura,
y al fin vimos en clausura
la famosa barbería.
III.
Hoy Blas ha vuelto á tomar
los oficiales aquellos
que cortaban los cabellos
con destreza singular,
y que quedaron cesantes
cuando tomó á las barberas.
Ya no hay líos ni quimeras,
y afeitan los mismos que antes.
Hablando de mil bobadas
rasuraban las mejillas
oliendo siempre á colillas
ó á judías estofadas.
Y hoy gana Blas pocos reales,
mas vive tranquilamente,
porque aunque dice la gente
que hay algunos oficiales
que tienen suaves las manos
y á dar gusto siempre aciertan,
son pocos los que despiertan
amor en los parroquianos.
El caso es que el pobre Blas
decía ayer á un amigo:
"¿Mujeres? ¡Nunca jamás!
¡Por poco acaban conmigo
si las tengo un día más!"
Publicado en 'Blanco y Negro', el 9 de agosto de 1891.
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