EL VALS DE DINORAH
I.
El temor misterioso
que produce en el alma lo ignorado,
robaba de Mercedes el reposo,
y latía exaltado
el albo seno, que tremaba ansioso
por llegar al momento deseado.
La doncella sentía
ese temor que llega traicionero
a las mismas fronteras de la muerte.
¡No lo sintió tan fuerte,
en Austerlitz, Napoleón primero!
..........................................................
..........................................................
Su espléndida figura,
como temprana flor, se estremecía:
ceñida de nevada vestidura,
más que encubrir, el traje parecía
que señalaba á intento los hechizos,
y en la espalda escotada
caía destrozada
la cascada de sombras de sus rizos.
Entre todas Mercedes la más bella,
hizo latir de amor los corazones.
Y era, en verdad, la rutilante estrella
de que hablaba el cronista de salones.
Como César venció: los invitados
su belleza aclamaron y su gloria,
y por la nueva estrella deslumbrados,
escuchó esos elogios prolongados
que escucha el vencedor en la victoria.
..........................................................
Un mozo esbelto, de mirar de fuego,
de cortés ademán, con balbuciente
voz la invitó. Mercedes, complaciente,
accedió á que ciñera
aquel robusto brazo su cintura;
la graciosa criatura
tendió el copo de nieve de su mano,
y con acompasada melodía
sonó el vals de Dinorah en el piano.
Cuando el vals terminó, tintas rosadas
de virginal pudor, de la doncella
teñían las mejillas encarnadas.
La miraba en silencio el caballero,
como el que amante y apenado implora.
¡Hay veces sin llorar en que se llora,
y es tímido el amor si es verdadero!
II.
La fiesta terminó. Mercedes lucha,
y en vano quiere conciliar el sueño;
aún parece que escucha
el acento halagüeño
de un corazón que llora por su dueño.
¡Todo pasa en tropel, luces y flores,
encajes, terciopelos y brocados,
brillantes y entorchados!...
Con lejanos acentos de dulzura
llega el vals de Dinorah á sus oídos,
y se entornan sus ojos con ternura,
y al fin terminan por quedar dormidos.
III.
La graciosa doncella duerme en calma,
y al quedarse dormida sonreía...
¡Era el hermoso alborear de un alma!
.............................................................
.............................................................
En el lejano Oriente amanecía.
MANUEL PASO
Publicado en 'Blanco y Negro', el 13 de agosto de 1891.
Comentarios
Publicar un comentario