FÁBULA
Mariano Ruiz de Arana
En carbón cierto blanco traficaba,
y el sustento ganaba
transportando su negra mercancía
un día y otro día;
Y en casa de un yesero,
establecido frente al carbonero,
un negro de Guinea
con la cara muy fea
el yeso transportaba,
y también el sustento así lograba.
Andando el tiempo, es claro, sucedía
que el color de los dos desmerecía;
Pues el negro yesero se aclaraba,
y el blanco carbonero obscurecía.
Si los dos traficantes
se encontraban en medio de un camino,
decían arrugando sus semblantes:
"Ese color que ostenta mi vecino
lo he tenido yo antes;
Aquel color de manos y de cara
era en mí la verdad desnuda y clara."
Y los dos se alejaban pensativos,
llorando sus colores primitivos.
Entretanto la gente,
que no se fija más que en lo aparente,
perjuraba que el blanco era el yesero
y el negro el carbonero,
sin fijarse en las vetas que tenían
por las cuales los dos se descubrían.
El error uno y otro celebraron,
y al fin, para evitar suplantaciones,
un domingo las caras se dejaron
con los chafarrinones,
y ambos resueltos, pero en pantalones,
sin camisa á sus puertas se asomaron.
La gente, dicho y hecho,
delante de los dos se estacionaba,
y al comparar la cara con el pecho
que cada cual tenía, se admiraba,
confesando que en eso de colores
se cometen á veces mil errores.
Asusta la frecuencia
con que en el mundo todos nos dejamos
guiar de la apariencia;
Por eso razonamos
de una manera siempre tan distinta,
y llega ya el error á tal exceso,
que hay quien cambia la leche con la tinta,
el carbón con el yeso,
y lo que es aun peor, hay quien iguala
la conciencia que es buena con la mala,
y por eso es ya cosa muy precisa
que, á imitación del blanco carbonero
y del negro yesero,
dejemos las conciencias sin camisa
para poder saber de un modo franco
cuál es el hombre negro y cuál el blanco.
Publicado en 'Blanco y Negro', el 21 de junio de 1891.
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