LA FIESTA DE SAN ROQUE
Pues señor... la cosa fué
que en cierto lugar de España
de cuyo nombre no quiero
acordarme (ni hace falta),
reuniéronse los vecinos
para acordar el programa
de las fiestas que en honor
de San Roque proyectaban.
Pública y solemnemente
querían darle las gracias
por haberles, con su influjo,
librado de cierta plaga
que, haciendo estragos horribles,
diezmó en un mes la comarca.
Era cosa, pues, de echar
la casa por la ventana;
así es que, además de música,
fuegos, bailes y cucañas,
en celebrar convinieron
de iglesia una función magna.
Fray Lucas fué el encargado
de echar el sermón de gracias,
pues les gustó mucho en otro
que años atrás pronunciara.
¡Como que era, en el país,
el orador de más fama!
Sin embargo, aunque no muchos,
algunos le criticaban
por ocuparse muy poco
de los santos en sus pláticas.
Y en efecto, pareciéndole
más conveniente y más sana
la crítica de los vicios
que en el país dominaban,
pocas veces á los santos
dedicaba una palabra.
Con el fin, pues, de que ahora
no incurriese en igual falta.
Ofrecieron al buen fraile
(a más de la acostumbrada
limosna) un par de realejos
por cada vez que nombrara
en su sermón á San Roque.
¡Idea altamente práctica!
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Llegó el día. Todo el mundo
sacó á relucir sus galas:
Hombres, mujeres y niños,
y muchachos y muchachas
fueron á misa. En la iglesia
no cabía ya una rata.
En su banco los señores
del Ayuntamiento estaban,
luciendo, serios y graves,
nuevas y flamantes capas.
El alguacil, medio oculto
detrás de ellos se encontraba,
lápiz en mano, al objeto
de llevar la cuenta exacta
de las veces que á San Roque
el predicador nombrara.
Llegó el momento. Fray Lucas
subió á la sagrada cátedra,
y después de, á grandes rasgos,
trazar la vida cristiana
del Santo; después que hubo
ensalzado sus preclaras
virtudes, sus ejemplares
costumbres y su campaña
contra la peste en Cesena,
en Lombardía y Toscana,
siguió diciendo: -¿Os sorprenden
sus heroicas hazañas?
¿Su abnegación os admira
y su caridad os pasma?
¡Ah! No me extraña, hijos míos,
como tampoco me extraña
que su santo nombre sea
alabado cual se alaba.
¡Lo mismo allá en las alturas
que en este valle de lágrimas,
todos á San Roque adoran,
todos á San Roque ensalzan;
no hay cristiano que se olvide
de San Roque en sus desgracias!
¡Roque... Roque!... antiguamente
los apestados clamaban;
a Roque el enfermo implora,
a Roque el leproso llama;
Roque murmura el que sufre...
Y ¿qué más?... hasta las ranas,
pleito homenaje rindiendo
al Santo desde sus charcas,
Roque... Roque... Roque... dicen,
Roque... Roque... Roque... cantan,
Roque... Roque... Roque... Roque...
Roque... Roque...
-¡Basta, basta!
-Gritó el alcalde furioso:-
¡Usté si que está buen rana!
¡No nombre usté más al santo,
o salimos á las malas!
¡Válgame Dios!... si le dejo...
¿Pa qué queremos más plaga?
JULIO ROMERO GARMENDIA
Publicado en 'Blanco y Negro', el 13 de septiembre de 1891.
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